miércoles, 30 de noviembre de 2011

La emoción. (microcuento)

- Por fin, quietas. Usted mismo lo puede comprobar. Después de varios años con aquel maldito temblor, hoy puedo decir, que gracias a la operación, he logrado terminar con cualquier síntoma de tembleque en mis manos, tal y como pueden atestiguar mis colegas.
Una vez conocida la sentencia, la sensación de liberarse de un oscuro pasado le envolvió. Podría recuperar su vida, su trabajo y sobre todo rehabilitarse de aquel terrible error médico que le costó la vida a una joven.
Después de tomar la tercera copa para celebrarlo, notó un conocido cosquilleo en sus manos. Sería la emoción.

martes, 29 de noviembre de 2011

lunes, 28 de noviembre de 2011

¿O quizás no? (cuentín)

¿O quizás no?


Por primera vez en toda mi vida, había sentido esa punzada de dolor lacerante producida por el desprecio. Si es cierto que muchas veces, me habían hecho de lado, pero jamás había sentido el desprecio.
Acostumbrado a otra clase de vida, a sentirme respetado por mis iguales, a saber cual era mi sitio en nuestra pequeña comunidad, esta nueva actitud era nueva para mí. Desde hacía unos meses todo estaba cambiando a marchas forzadas.
El día que emprendimos el viaje en aquel barco alejándonos de nuestro pueblo camino a Europa, perdimos la dignidad que teníamos, y no fue por una actitud premeditada por nuestra parte, si no que fue una consecuencia de encontrarnos en mundo totalmente diferente, con un sistema de valores y una moralidad en algunos casos totalmente contradictoria con la nuestra, pero nuestra inferioridad en número, como nuestro cambio de hábitat, nos convirtió de la noche a la mañana en simple mercancía, y por lo tanto era así como nos trataban, procuraban no estropear su futuras ganancias, pero nuestros derechos quedaron reducidos a los básicos para lograr nuestra supervivencia. Y de este modo, con este trato tan civilizado, se desvaneció totalmente nuestra dignidad.
Cuando llegamos a nuestro destino después de una larga travesía de penalidades, desnutrición y malos tratos, pudimos comprobar que lo que nos esperaba en el viejo continente, no sería muy distinto a lo vivido en los últimos días.
No puedo olvidar la cara de desprecio del encargado cuando me miró el primer día, pensando en que puesto le sería más rentable, al final me ubicó en esta celda donde paseo y rujo mientras pienso que de no haber sido un animal seguramente mi trato hubiese sido muy diferente.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Destino desconocido (Historia por partes)

Hoy os dejo una historia que acabo de empezar, no sé lo que durará, pero mi idea es que sea una historia de aventuras, ya veremos lo que va saliendo.




Destino desconocido


Fue remando suavemente, procurando hacer el menor ruido posible. La noche con el cielo cubierto, le favorecía, ya que la poca luz de la luna, se desvanecía entre las nubes. A su favor contaba con el conocimiento de la costa, y esperaba que en el barco en el que estaba dispuesto a embarcarse no hubiese mucha vigilancia.
Desde la popa del barco, el vigilante fumaba tranquilamente un cigarro ajeno a que una pequeña embarcación, al amparo de la noche y la oscuridad se acercaba a ellos. En aquél momento tampoco era consciente ni de las intenciones de su único tripulante, ni mucho menos, de lo que este incidente provocaría en un futuro. Seguramente de haber sido consciente de lo que su pequeño descuido podía significar, su actitud hubiese sido muy distinta.
Apenas unas brazas, le separaban de su objetivo, al menos de la primera parte del mismo. Era más que probable, que una vez embarcado, las dificultades pudiesen ir en aumento. Aunque en aquel momento no quería pensar en ello, ni tan siquiera en lo que para él podría significar que lo descubriesen subiendo a bordo.
Un pequeño chapoteo, le alertó, prestó atención en la dirección en la que había sentido el sonido, esperando escuchar algo que confirmase su sospecha. La mar estaba en calma, la noche era calurosa y el puerto seguro, su presencia allí se trataba más bien de una mera formalidad, nada hacía prever que se pudiera producir cualquier tipo de circunstancia extraña. El simple hecho de anclar el barco a una distancia prudencial de la costa hacía prácticamente imposible cualquier tipo de sabotaje, o acto de pillaje, por eso el capitán había decidido dejar desembarcar a la mayoría de la tripulación, dejando en el barco una pequeña escolta compuesta por los arrestados de la semana y por los más novatos en el barco.
Terminó de destaponar los agujeros que había preparado en la barca para que se hundiese y tratar de conseguir así que si lograba esconderse en el barco su presencia en el mismo fuese descubierta lo más tarde posible, una vez que comprobó, como poco a poco, pero de una manera ya irreversible el agua anegaba su embarcación, se asió a la maroma del ancla, iniciando así una lenta y silenciosa escalada.
El ruido final de la barca al hundirse, volvió a llamar su atención, se dirigió hacia la proa, mientras apuraba su cigarro, su condición de grumete y su temprana edad, apenas contaba con once años, hacía que el cocinero, que era a quien estaba destinado en el barco, no le dejase fumar, por eso el hacerlo de noche a escondidas, mientras realizaba su guardia, convertía aquel cigarro en un placer especial.
Sintió que alguien se aproximaba, se apresuró en entrar en la bodega, trató de esconderse en la oscuridad, pero no se atrevió a moverse demasiado por temor a tropezar con algo y que el ruido le delatase. Por lo tanto se mantuvo quieto y en silencio esperando que sus ojos se aclimatasen a la falta de luz. Al poco tiempo, sintió unos pasos por encima de los tablones que cubrían la bodega. Estaba perdido, sin duda lo descubrirían.
Se dio cuenta de que el suelo estaba mojado, siguió las manchas de humedad con la vista y comprobó que procedían de la proa y se aproximaban hasta su posición, a la entrada de cubierta. Era evidente que alguien había subido al barco. Por el rastro dejado por las manchas dedujo que se trataba de una sola persona. Con cuidado y tratando de no hacer ruido, oteó por babor y estribor tratando de comprobar si había alguna embarcación. Celebró no ver ninguna así que seguramente no se trataba de un robo, que por otra parte era bastante improbable, debido a que aún no habían cargado en el puerto.
Los pasos en cubierta se dirigían de un lado a otro y aunque procuraban no hacer ruido, estaba claro que estaban buscándolo, tanteó a su alrededor para tratar de hacerse una composición del lugar y procurar esconderse mejor, mientras que arriba se hizo el silencio.
Acababa de tomar una decisión, no sabía quién había subido al barco, pero se encontraba en la bodega, en realidad tendría que enfrentarse solo al intruso, ya que no podía contar con nadie, el resto de vigilantes eran aún más jóvenes que él, y los pocos marineros que quedaban en el barco no estarían ni en condiciones ni querrían echarle una mano. Por otro lado aquel ya no era su turno, si permanecía despierto es por que uno de aquellos marineros no había acudido a darle el relevo, así que la decisión estaba clara.
Era inútil, en aquella oscuridad le resultaría imposible moverse y mucho menos buscar un escondite seguro, solamente tendría alguna posibilidad cuando se filtrase algo de claridad con las primeras luces del alba. Se preparó para enfrentarse a quién entrase a buscarlo.
Sin dejar de vigilar la entrada en la bodega, buscó un buen hierro, contundente, capaz de soportar embestidas bruscas. No estaba muy convencido de lo que estaba haciendo, y tenía miedo que lo descubriesen, pero en caso de no ser así, al día siguiente siempre podría alegar que durante su turno no había sucedido nada.
Sintió unos ruidos arriba, y supo que alguien estaba cerrando con un hierro pesado la puerta de entrada a la bodega, lo acababan de encerrar allí dentro, así que ya no cabía ninguna duda de que lo habían descubierto, pero que momentáneamente aplazaban su captura. No entendía los motivos de esta decisión, quizás se había equivocado, ¿qué contenía aquella bodega para que decidieran dejarlo allí encerrado en vez de sacarlo de la misma y arrojarlo por la borda?
Comprobó que la bodega estaba atascada y decidió apartarse, sin perder de vista la entrada, simularía dormir, y al día siguiente los mayores ya se encargarían del intruso en cuanto lo descubriesen a la hora de cargar la bodega. Pensó que el miedo de enfrentarse al desconocido, unido al temor de la bronca que podía recibir, le habían derrotado, sin embargo, el haberlo encerrado en la bodega le pareció una salida muy astuta, que evitaba ponerse tanto él como el resto de la tripulación en peligro.
Estaba claro que no podía hacer otra cosa que tratar de acomodarse y esperar  a los acontecimientos de la mañana, así que se quitó la ropa para tratar de secarla, se puso lo más cómodo posible, y permaneció en vela, tratando de descubrir cualquier ruido que delatase alguna novedad.
Los remordimientos le atormentaban, solo deseaba que la persona que se encontraba encerrada en la bodega se tratase de un ladón o un polizón, en el caso de ser un saboteador, se lo había puesto fácil, realmente demasiado fácil.

Continuará…

jueves, 24 de noviembre de 2011

Menudo Curro (séptima entrega)

Esta semana quiero dedicarle la historia de Robertín a mi suegra, más que nada por que no callaba con que lo mandase a su casa, Aunque ella igual se refería que a arreglarle algún electrodoméstico, en fin. Quiero advertir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. (je,je)

Menudo Curro



- Sí, ¿Diga?
- ¿Es usted Don Alfredo?
-Sí, soy yo, ¿Con quién hablo?
- Soy Ema.
- Y dígame Emma ¿Qué deseaba?
- Emma no, Ema.
- ¿Cómo?
- Ema, con una m, no con dos.
-O sea como lo de Letizia con z.
- No, es como Ema con una m. Igual que la empresa municipal de aguas de Gijón.
- Vale, de acuerdo, pero ¿no me llamaría usted por eso?.
- No, yo le llamaba por un empleado suyo.
- ¿Por Roberto?
- ¿Solo tiene ese?
- No, pero es por el que me suelen llamar. ¿Qué problema tiene señora, le quemó la casa, se la inundó, la intentó violar?
- ¿Qué dice? ¿Qué si me intentó violar? ¡Le pego una hostia que lo tiro por la ventana!
-No sabe que favor me hacía
- ¿Qué le hacía un favor? Pues a los de la ambulancia también, que así no tienen que subir a buscarlo.
- La ambulancia, pero ¿qué le pasó?
- Que no se encuentra bien y él insiste en que llamemos a la ambulancia, porque dice que esto es un accidente laboral, aunque yo creo que no es para tanto. Le doy yo unas pastillinas que tengo por aquí, una tila y como nuevo.
- Pero ¿Qué le pasa?¿Puede ponerse al teléfono?
- Sí, ahora se lo paso, mientras tanto yo voy haciendo tila, que tengo que darle una también a mis amigas, porque una está que no puede más de los nervios y la otra no puede más de la risa.
-¡Ay, madre. Ay, madre! ¡Qué armaría este ahora!.
- ¿Don Alfredo, es usted?
- No, no soy yo. Soy el ángel que viene a anunciar el fin de los días.
- Don Alfredo, déjese de bromas, que estoy muy malito.
- Y más que te vas a poner cuando te pille. ¿Se puede saber por qué me llama la señora de la casa dónde te mandé a hacer la exposición?
- En esta casa están mal, Don Alfredo, están todas mal.
-Sí, si te aguantaron más de una hora es que no deben de estar muy bien.
-Don Alfredo, ¿Usted ve la tele?
- ¿Qué tiene que ver eso con qué estés mal, con que en esa casa estén todas mal, y con la exposición que tenías que hacer?
- Es que estas mujeres me recuerdan a las chicas de oro, Don Alfredo, pero son peores.
- ¡Qué ya nos conocemos, Roberto! ¿Qué armaste?
- Yo lo que sufro es de un accidente laboral y lo que necesito es una ambulancia, ¿Puede llamarla usted? Es que estas señoras dicen que no me hace falta que me encuentro bien.
- Pues si lo dicen casi seguro que tienen razón, ¿por qué dices que tienes un accidente laboral?
- Porque sufro de un acoso por parte de una de ellas, que motiva que se disparen mis nervios y estoy a punto de sufrir un ataque de nervios con posibilidades de paro cardiaco y Dios quiera que no se complique con problemas cardiopulmonares, por que siento que me falta el aire.
- No, si al final tenías que haber sido médico, aunque pobre de quien cayese en tus manos. A ver; si solo te pasa eso, estás perfectamente, que te den esas pastillinas y esa tila y ya verás como te pones bien enseguida. Y ahora cuéntame que pasó.
- Pues que yo vine a la casa como usted me dijo, con todos los productos del tupperware para hacer la exposición.
- Sí, algo muy sencillo, por eso te mandé a ti. ¿Y qué puede salir mal?
- ¡Todo Don Alfredo, todo!
- Sí viniendo de ti, seguro. ¿Qué pasó?
- Que seguro que algún compañero quiso gastarme una broma y me cambió los productos.
- Si para reírse de ti, no hace falta gastarte bromas, ya te arreglas bien tú solito, para hacernos reír. ¿Y qué productos llevaste?
- Los del tuppersex.
-No sé si reírme o llorar. ¿Y qué hicieron las señoras?
- La más mayor se puso histérica y no paraba de decir madre mía, madre mía.
- ¿Y las otras dos?
-La dueña de la casa se reía, pero la otra señora decía que ya que estaba allí que se lo enseñase todo.
- Estás tú guapo para enseñar nada.
- No si la señora se refería a los aparatos.
- A eso me refería yo también, animal. No se te ocurra enseñar nada más que todavía tenemos una denuncia.
- No jefe, que yo mis cosas no las enseño por ahí.
- Sí, a no ser que tengas que hacerle el boca a boca a alguien. Anda sigue contándome ¿Y qué hiciste?
- Que voy a hacer, empecé a sacar aparatos y catálogos, pero no les pude decir mucho, por que tampoco sabía para que servían.
- Pues tampoco es tan difícil.
- ¿Usted si sabe para qué sirven?. Nunca lo hubiese pensado de usted.
- Lo que yo sepa o no sepa no es asunto tuyo. Y te pido un favor, sobre mí, piensa lo menos posible. O sea, en tu caso, nada. Y si no sabías para que servían ¿Cómo te apañaste?
- Pues la señora que quería que se lo enseñase, los sacaba ella y nos lo explicaba a los demás.
- ¿Y tú que hacías?
- Yo me senté en una silla muerto de vergüenza mientras que la señora mayor se tapaba los ojos y se escandalizaba, la dueña de la casa no paraba de reírse, que hubo un momento en el que pensé que se meaba y todo de la risa, y la otra no paraba de sacar bolas chinas, afrodisiacos, accesorios para el pene, y esas bragas, usted ya sabe con pirula incorporada.
- Está claro que no te puedo dejar solo.
- Si yo no hacía nada Don Alfredo. Más que nada por que no me atrevía. Además con cada cosa que sacaba yo me ponía cada vez más nervioso, y noté como con cada aparato, me miraba cada vez más. Si no estuviese en el medio del camino hacia la puerta, hubiese salido corriendo.
- Anda deja de hacer el tonto, pídele disculpas a las señoras por el error y ven para aquí.
- ¿No me va a mandar la ambulancia? De verdad que me encuentro muy mal.
- No, no te voy a mandar ninguna ambulancia, a donde igual te mando es al paro, por inútil, así que haz lo que te digo y tira para la oficina.
- Lo que usted diga Don Alfredo. Una pregunta, ¿si compro unas pilas, entra en el presupuesto de la empresa?
- Y ¿Para qué narices quieres tú unas pilas?
- No, si no son para mí, son para las señoras, es que los vibradores vienen sin pilas.
- Las pilas te las voy a poner yo a ti, merluzo.
- Bueno, Don Alfredo, no se ponga así. Por cierto, ¿me podría dar usted un pequeño adelanto?
- ¿Ya estamos otra vez pidiendo adelantos?
- Es que vi un extensor que era muy barato, y pensé que igual me venía bien.
- Es una pena que en vez de un extensor no encontrases un multiplicador de neuronas, que te venía mucho mejor.
- ¿También tenemos de eso, y a qué precio salen?
- No, pedazo de zoquete, no tenemos de eso, pero no te preocupes que en cuanto lo inventen, a ti te lo regalo yo.
- Muchas gracias Don Alfredo, que bueno es usted.
- ¡Tonto, lo que soy es tonto!.

Continuará.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Nadie desgarra el sol. (Poema)

Nadie desgarra el sol
porque se quemaría
...pero tantos quisieran
nadie coge Marte 
porque se helaría
...pero tantos quisieran
nadie engaña a nadie
si lo descubren
...pero tantos quisieran
nadie quiere la guerra
porque la puede perder
... pero tantos quisieran
nadie realiza sus sueños
porque tiene miedo
...pero tantos quisieran
nadie desea el mal ajeno
porque sabe que es una quimera
...pero tantos quisieran
nadie se sienta a esperar a la muerte
porque piensa que es la propia
...pero tantos quisieran.